Mi Valle del Cauca

Por Mario Alejandro Valencia (@mariovalencia01)

Actualmente no hay un lugar en Colombia que refleje de manera más nítida las consecuencias de las malas decisiones de política económica que el Valle del Cauca. De ser una región próspera, con una cultura orientada a la producción y con empleos de calidad, el departamento es hoy el epicentro del estallido social más profundo del que se tenga cuenta hace décadas en Colombia.

En 1980, el departamento aportaba más de 12 % del PIB del país y hoy solo llega al 10 %. La industria manufacturera ha perdido 15 puntos porcentuales de participación en el total de la producción del departamento. Los empleos perdidos en la industria, tras el cierre de empresas de alta capacidad de generación de valor como Quaker, Michelin, Adams, Bayer, Eveready, Quintex, Croydon, Gillete, BDF, Wyeth, Monarc, La Garantía, entre otras, fueron reemplazados por ocupaciones de rebusque comercial, que cuando no están encadenados con la producción, generan muy poco valor. Un indicador de lo anterior es que en Cali el 29,2 % de los trabajadores manufactureros son informales, mientras lo son el 60,3% de los trabajadores del comercio.

En efecto, el cambio de orientación desde la producción hacia la reventa, provocó que en los últimos veinte años las importaciones crecieran 1,4 veces más rápido que las exportaciones. De hecho, el principal producto de exportación del Valle del Cauca es su fuerza de trabajo, arrojada a otros países para ayudar a mantener a sus familias en el país. La cuarta parte de todas las remesas que recibe Colombia están en el Valle, representando el 90,3% de sus ventas externas.

Como resultado de lo anterior, desde 2014 el Valle experimentaba una desaceleración de su economía, con altos niveles de desempleo de más de 11 % en promedio anual y de 14,6 % en las mujeres. Ni los recursos de las remesas y la producción formal en sectores importantes como el farmacéutico, la proteína blanca, el azúcar, el sector de la belleza, entre otros, pudieron evitar que la pandemia haya arrojado a 518.000 personas a la pobreza y 364.000 a la pobreza extrema en el último año, con un aumentó en 4 % la desigualdad y un incrementó en 20 puntos básicos la brecha de pobreza de mujeres y hombres.

La pérdida de capacidad de crear riqueza en sectores productivos que demandan empleos estables ha arrojado a miles de personas a ocupaciones precarias, a la informalidad y a la criminalidad. Esta cultura ha ganado terreno con la connivencia de una parte de la clase política de la región y el país, incapaz de materializar las valiosas ideas de emprendimiento, formalización y productividad, encabezadas por la academia, empresas, gremios y trabajadores de la región. Ojalá la terrible situación que atraviesa el departamento en el que nací, crecí y estudié, por fin nos convenza de que el único camino para reducir la violencia, discriminación, pobreza y desigualdad, es por medio de un compromiso nacional en favor de la producción y el empleo. Las medidas para lograrlo implican la atención urgente de las necesidades sociales y las reformas importantes a las políticas comerciales como los TLC, para proteger a las empresas que sobreviven y los empleos que genera.

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